Hace ya más de tres años bromeaba con alguien sobre la posibilidad de que Amy Winehouse muriese a los 27 años, se uniese al "Club de los 27" y se convirtiese así en un mito aun mayor de lo que ya lo era para mí. Por una jodida vez, me hubiese encantado equivocarme, pero no.
Ayer llego a mi casa y mi padre me informa de la trágica noticia: "que se ha muerto la cantante esa que te gusta a ti". Inmediatamente, se me viene a la cabeza la bromita del Club de los 27.
Amy me ha acompañado durante mucho tiempo. Back to Black es uno de mis discos favoritos ever. Ese que dura 35 minutos exactos, lo que le dura el colocón, bromeaba también con la misma persona. Ese al que acudo cada vez que necesito rehab de cualquier tipo, que mis lágrimas se sequen solas, o quiera hacer el funky chicken con Mr. Jones. Ese que suena en mi habitación casi siempre antes de partir hacia cualquier local de mala muerte a soltar mi mierda sobre su escenario.
Una parte de mi vida que nunca se irá de mí por mucho que el cuerpecillo de Amy ya no tenga vida y que su prodigiosa voz, muchas veces dañada por el colocón, no vuelva a crear un disco tan maravilloso.
Anoche me emborraché en su honor -cosa que me agradeció seguro- y hoy escribo esta chorrada en esta, nuestra casa. Más no puedo hacer por ella.
Y me dan igual los necios que hoy ridiculizan su muerte comparándola con otras. Claro, es que era una yonki y se lo tiene bien empleado. Que no me jodan. Su hipocresía y demagogia me la paso por el forro de los cojones mientras lloro, a mi manera, a la señorita Winehouse.
See you in another life, sista.





